El tango es la cultura que me identifica, mi voz y mi expresión.
Me formé como violinista gracias a la universidad pública de mi ciudad natal (Zacatecas, México), bajo la tutela del cubano Ricardo Justiz, quien fundara la orquesta de cuerdas desde la cual valoraría el sentido de pertenencia y de colaboración. Crecí en un hogar en el que se amaba la música: una guitarra que encontraba todos los tonos de oído (mi padre), una efusiva voz que acompañaba melodías del tocadiscos (mi madre) y el sonar de un piano (ese “mueble” que mi madre compró algún día y que mi abuela tanto reclamó como una compra costosa y sinsentido, pero que años después le daría razón a su orgullo: “¡Mi nieto, el artista!”). Con mi hermana fuimos cómplices desde el primer “do, re, mi”, aun cuando nuestros pies colgaban como esferas sobre los pedales del órgano Yamaha de mi hermano.
La curiosidad por otros idiomas y otras culturas se la debo a mi madre, la más amorosa y ejemplo cabal de perseverancia y disciplina. Empecé los estudios formales muy pequeña, por lo que a mis 20 años recibía mi primer título universitario de música. A esa edad resultó, en cierto modo, “natural” que emigrara. Recién egresada con una formación académica me enfrenté al fascinante mundo de la música popular en Berklee College of Music (Boston, EEUU). Transitar este cambio de ambiente musical fue una aventura que, como el picante mexicano: al principio padecí y después, no pude dejar. Entre el jazz y otras músicas del mundo asomó el tango, como una posibilidad que me permitía crear y expresar con libertad, en un estilo que inexplicablemente resonaba en mi interior. Fue entonces que comencé mi búsqueda identitaria como artista, viví unos meses en Nueva York, después en París, pero me parecía buscar en el lugar equivocado, todo indicaba que debía empezar por Buenos Aires.
Estaba por cumplir 23 años cuando la guitarra de mi casa natal dejó de sonar, su cantar ahora solo queda en mi memoria, y fue entonces que aprendí que la vida da muchas vueltas, que nada es para siempre y que el ahora es verdaderamente un presente.
Un par de años más tarde, al ver el obelisco de Buenos Aires frente a mis ojos se me piantaba un lagrimón (expresión del lunfardo para referirse a lagrimear). Y me fui quedando en la ciudad de la furia… Siempre agradezco a la gente que confió en mi trabajo, sobre todo en aquellos primeros conciertos y shows de tango. Integrarse en una ciudad nueva, una cultura nueva es de los aprendizajes más bellos que me ha tocado vivir.
Ahora, de regreso en el hemisferio norte, la gente me dice que hablo raro, inclusive en ocasiones me preguntan que de dónde soy. Sí, hablo raro. Buenos Aires se convirtió en mi hogar y forjó mi identidad durante diez años. Soy tan de aquí, como lo soy de allá. Por diversas circunstancias volví a mi patria natal, junto a mi compañero de vida, un violinista argentino, y volví distinta y en parte, igual. Ahora, 20 años después de aquella primera migración, pretendo armar comunidad y compartir la cultura rioplatense que me salvó en un momento en el que me sentía absolutamente perdida.
Marzo 2024