Szymsia Bajour - Una vida en tres países latinoamericanos
POR ALEJANDRO SCHAIKIS
Al elegir junto con Perla, mi esposa, el nombre del maestro Szymsia Bajour para identificar nuestro proyecto institucional sabíamos de la necesidad de explicitar el porqué de esa elección. La significación que la figura de Bajour tiene para nosotros, quienes llevamos adelante la Casa del tango “Szymsia Bajour”, sobrepasa nuestra identificación con su arte, creemos que implica una herencia. Al adoptar su nombre para identificar esta Casa del Tango, aspiramos a que refleje nuestra labor desde lo simbólico, ya que consideramos que el tango como cultura es el resultado de la condensación de muchos de los elementos culturales que atravesaron a Bajour y al entorno en el que vivió, del cual fue un exponente destacadísimo.
Aunque ese entorno (la época de oro del tango) hace décadas que se perdió, su ecos profundos han llegado hasta nosotros como una herencia que quedó en nuestras manos y de la que nos hacemos cargo resignificándola a través de la práctica artística y de la investigación, como hacen muchos otros colegas en Argentina y en diversas partes del mundo.
Como músicos clásicos y de tango, la reflexión sobre nuestra tarea artística y nuestra identidad en nuestra actualidad argentino-mexicana nos lleva a volver al Bajour tanguero y su entorno. A revisar un contexto y un tiempo determinado: la Buenos Aires de las décadas 40 y 50, donde encontramos los signos de identidad colectiva ya conformados que aparecen reformulados en el tango actual. El Bajour con el que tuve contacto personal en los 80 fue el concertista y maestro que transmitió un legado violinístico inapreciable, aunque despojado de esa identidad tanguera que redescubro años después a partir de mi propio acontecer en el tango, con un asombro e inquietud alimentados por las incógnitas silenciadas que llegan hasta la actualidad en forma de mitos que van siendo develados con las investigaciones recientes. Y también la incredulidad por la poca documentación histórica que existe sobre él, como también de muchos otros valiosos aportantes a la cultura tanguera de esos tiempos.
Las censuras de las dictaduras, instauraron los negacionismos que produjeron largos períodos de vaciamiento cultural. La “noche de los bastones largos” en 1966, con la irrupción militar en las universidades, es un hito de ese período nefasto que produjo la devastación académica de la universidad pública. Además, generó una desvalorización y descuido de los patrimonios históricos y culturales que perduró largos años hasta la reinstalación democrática en 1983. El Bajour que regresa definitivamente a la Argentina es el de la etapa madura de su vida, concertista y maestro formador de violinistas, pero con una juventud atravesada por la música popular que permanece en silencio como lo que se ocultaba en las dictaduras. Muchos años después podemos reconstituirlo en todas sus facetas. Su figura cobra otro sentido que ahora tenemos presente, y que toma relieve como materia de inspiración.
En el músico Bajour convivieron distintos aspectos en constante tensión: el ser judío, la música clásica, la música popular y lo político. La identidad judía denotaba extranjería en los tiempos tempranos de las oleadas de inmigrantes de primera mitad del siglo XX, y muchos animadores de la escena tanguera de la época adoptaron nombres artísticos que ocultaban la identidad de ese origen.
Contrariamente a la Buenos Aires actual, en la que transcurrió la juventud de Bajour, había una marcada antinomia entre el mundo de la música clásica o académica y el del tango, música popular hegemónica desde la década del 30 hasta finales de los 50. Bajour fue uno de los pocos que por su alto nivel artístico pudo (no sin conflictos) alternar en ambos universos. Esa difícil doble pertenencia fue sobrellevada con la adopción de un seudónimo en el ámbito de la “nocturnidad” de la música popular. Allí fue conocido como Tito Simón, o también con el apodo de “el rusito Simón” entre sus colegas (la traducción de Szymsia del polaco al español es Sansón) y fue Simja (en su idish natal) en la intimidad familiar. Tengo el recuerdo personal de los años 80 en que llegaba a su departamento del barrio porteño de Boedo para tomar clase y mientras esperaba, escuchaba su voz grave y profunda hablar en idish por teléfono con su madre. Su esposa al ver mi cara de asombro me preguntó si reconocía ese idioma, y ante mi respuesta afirmativa, ella dio por finalizada la conversación con una sonrisa cómplice.
Por experiencia propia creo importante señalar que la pertenencia al mundo del tango se conforma con huellas de identidad que se instalan muy profundamente en la historia personal. Investigaciones recientes afirman que el tango y la cultura que surgió de esta música fueron incluso una creación que cobró carácter político al configurarse un nuevo perfil social inclusivo que contuvo a la inmensa masa de inmigrantes europeos (millones) llegados en pocos años al país. Ellos se sumaron a la población urbana, que también recibió a la migración del interior pobre que había recalado en la periferia de la ciudad creciente. Bajour llega con su familia a la Argentina en 1937, con 9 años de edad en plena expansión del tango como cultura ya plenamente instalada en lo social. Como referencia de esto basta mencionar que Carlos Gardel, figura máxima del tango en ese entonces, muere accidentalmente en Medellín en 1935 provocando una gran conmoción popular. Ese nuevo perfil social ya maduro en la década del 40 (en la denominada época de oro del tango) está descripto en las palabras del propio Bajour, al conceder una entrevista televisiva en los años 80.
Perspectiva histórica
Había nacido en Polonia en 1928 en el seno de una familia judía sin antecedentes musicales, que regenteaba un café en Nasielsk, población vecina a Varsovia. Según cuenta el recordado periodista Julio Nudler en su libro “Tango judío: del guetto a la milonga” (Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1998), ya desde muy temprana edad, a los cinco años, quedó vivamente impresionado por el sonido del violín al escuchar en la radio a unos violinistas gitanos húngaros, de modo que su padre se vio obligado a comprarle un instrumento y conseguirle un profesor. Así fue que transcurrido un breve lapso de tiempo ingresó al Conservatorio de Varsovia para formarse con el Mtro. William Khrysthal. Con apenas 9 años de edad tocó como solista el concierto de Mendelssohn con la orquesta del Conservatorio dirigida por el propio Khrysthal. Para ese entonces la situación europea era ya muy compleja y muchas familias, entre ellas la de Bajour, decidieron emigrar hacia Sudamérica. En Argentina desde 1937, con la penuria económica familiar al hombro en 1942, el adolescente Szymsia de 14 años, valiéndose de sus notables condiciones violinísticas, y pese a no sentirse identificado con el tango (era un violinista de la música clásica), consigue trabajo en grupos y orquestas de tango de segundo orden. Julio Nudler documenta la trayectoria del joven Bajour en la llamada época de oro del tango. También refleja el entorno que vivió Szymsia, un ambiente que fue desapareciendo con el transcurso de sucesivas dictaduras en lo político, el impulso del pop y posteriormente del rock en las radios, impuestos por las multinacionales discográficas como fenómenos culturales globales, de orden mundial.
“A 7 años de su llegada al país, Szymsia había dejado de ser un gringo para convertirse en un porteño absoluto, conocido por todos como el Rusito Simón. A diferencia de los otros músicos, que al concluir cada vuelta en el cabaret se encerraban a jugar a los naipes o a los dados, él instalaba su atril donde pudiera para estudiar. Troilo lo descubría en esos ejercicios y se sentaba a escucharlo. Entonces Szymsia le regalaba pasajes de alguna sonata y Pichuco lagrimeaba, lo abrazaba, lo besaba con ternura. En cierto modo, a Bajour lo ayudaron las circunstancias, ya que llegó al tango cuando éste reclamaba músicos cada vez más preparados. Los colegas lo admiraban y se sentían felices por sus triunfos en la música clásica. En cambio, en el ambiente sinfónico, cargaba con el estigma de ser un tanguero, lo que le impedía ser considerado un maestro. De hecho, esto pesó sobre él y lo condujo a guarecerse tras el seudónimo de Tito Simón cuando compuso el tango “Duele más”, que Di Sarli grabó a fines de 1956. En el café de Corrientes y Libertad, cerca del Tibidabo, Szymsia tenía una mesa exclusiva desde las diez de la noche. Si alguien quería ubicarlo sabía dónde hacerlo. Y si no estaba y resolvía esperarlo, podía sentarse a esa mesa y consumir lo que quisiera, que todo iba a la cuenta de Simón”.
Había ganado su cargo en los primeros violines de la Sinfónica Nacional con 21 años en 1949. Allí ensayaba por las mañanas, mientras por las tardes y noches alternaba como primer violín de tango en programas radiales, grabaciones, cafés, salones de baile, con las orquestas de Miguel Caló, de Carlos Di Sarli, de Atilio Stampone y Leopoldo Federico, y muchas otras de menor renombre. En el siguiente video se aprecia el testimonio de importantes figuras del tango y de él mismo. Expresan que fue un violinista excepcional que aportó al tango su inigualable sonido y expresión artística.
Su relación con Piazzolla viene de esos años en los que ambos se reconocían como músicos genuinamente tangueros pero a la vez con el diferencial por parte de Bajour de ser un solista excepcional también en el repertorio de la música clásica. Las aspiraciones tempranas de Piazzolla de ser considerado como compositor destacado en ese ámbito lo conducen a buscar la guía de Alberto Ginastera y posteriormente la de la célebre maestra Nadia Boulanger en París en 1954. Luego de esta experiencia Piazzolla regresa a la Argentina en 1955 y se lanza con lo que llama “la nueva música de Buenos Aires” formando su primer quinteto (Quinteto Nuevo Tango), y naturalmente fue Bajour el primer violinista de esta agrupación. Participa en el primer registro discográfico del quinteto, donde está la primera versión de Adiós Nonino.